… y También Somos lo que Producimos- CO2


El dicho dice “Somos lo que comemos.” En Ecopresor agregamos “y también lo que producimos” y eso significa mucho, muchísimo dióxido de carbono (CO2). Es decir, estamos provocando un gigantesco desequilibrio con implicaciones extremas para la capa de ozono, el calentamiento global, el deshielo, el aumento de los niveles del mar, la proliferación de huracanes y la vida en general, lo cual nos pone en peligro como especie.

Recientemente, el 30 de octubre de 2017, la Organización Meteorológica Mundial (WMO por sus siglas en inglés) publicó su Boletín No. 13 sobre gases efecto invernadero, indicando que, en el 2016, gracias a la actividad humana, el promedio de la concentración de CO2 en la atmósfera sobrepasó la cifra simbólica de 400 PPM (partículas por millón). Haber superado este valor, la permanencia de del CO2 a largo plazo en el ambiente y su emisión desenfrenada representan la desviación hacia escenarios más alarmantes. El CO2, de por sí, no es propiamente malo, pues cuando está en equilibrio también lo están los océanos, la atmósfera y la biósfera, debido a que existe una conexión sistémica entre ellos. De hecho, se calcula que en la era preindustrial, antes de la proliferación masiva de la utilización de combustibles fósiles, los niveles de CO2 no superaban las 280 ppm.


Potenciadores del cambio

Desde finales del siglo pasado se vienen sumando una serie de eventos perturbadores que escapan al ritmo en que la naturaleza es capaz de asimilarlos y procesarlos: producción de energía e industrialización asociadas a la utilización de combustibles fósiles que incrementan la producción de gases efecto invernadero, sobrepoblación mundial y deforestación para prácticas intensivas de agricultura, ganadería y minería. Estos son los grandes potenciadores que generan “…cambios impredecibles en el sistema climático,” lo que causará impactos ecológicos y económicos severos, según lo anuncia la WMO. Esto significa que vienen cambios a gran escala capaces de alterar las condiciones bajo las cuales hemos prosperado. El progreso es bueno y significa crecer en muchos aspectos, pero los excesos causan grandes problemas. Y todo parece indicar que, en tanto sustentemos el crecimiento sobre la base de los excesos, los problemas se tornarán crónicos. ¿Estamos preparados o dispuestos a vivir con ellos? ¿Podremos adaptarnos a estos cambios inducidos? ¿Seremos capaces de encontrar el equilibrio?

Los potenciadores, esa serie de eventos que coincidieron y se multiplicaron a partir de la era industrial, encajan dentro del concepto “… y somos lo que producimos” y, por ende, lo consumimos. Pues bien, cuando esos potenciadores se mezclan con fenómenos naturales terminan produciendo grandes monstruos que, a su vez, pueden disparar los agentes que causan las alteraciones. Ejemplo de esto es el fenómeno natural conocido como El Niño, el cual puede provocar fuertes tormentas en algunos lugares e inundaciones y sequías en otros, según lo describe la WMO en el Boletín No. 12 del año 2016. El punto es que en 2015 la tierra experimentó el inicio de un fuerte evento de El Niño que continuó en el 2016, coincidiendo con 16 meses de temperaturas récord registradas en el planeta, a lo cual se agregó una alta emisión natural de CO2. Estas emisiones adicionales de origen natural, sumadas a las provenientes de la actividad humana, anticiparon el sobrepaso de las 400 PPM con las que hoy convivimos en la atmósfera.

El problema es que los sumideros naturales de CO2, como la tierra y los océanos, se están saturando. Por su parte, los bosques y selvas pierden vegetación por cuenta de la deforestación e incendios. En consecuencia, el CO2, el más común de los gases efecto invernadero, seguirá aumentando y desatará fenómenos atmosféricos sin precedentes. En tanto continuemos tratando un cáncer con aspirinas, la naturaleza estará que dispuesta a lanzarnos sus más duros golpes sin que estemos adaptados para resistirlos o esquivarlos. De paso, afectará más profundamente a todas manifestaciones de vida.


El gas metano en la ecuación

Finalmente, el año pasado, la revista BioScience advirtió sobre otro factor contaminante al que tradicionalmente se le ha dado un bajo valor tanto como factor contaminante como por sus efectos adversos sobre el clima. Se trata del gas metano que, en la actualidad, tienen a las represas y embalses como sus grandes fuentes generadoras. Se calcula que, si bien su permanencia en la atmósfera es relativamente corta, a lo largo de un siglo puede ser hasta 34 veces más potente que el mismo CO2 (ver artículo Greenhouse Gas Emissions from Reservoir Water Surfaces: A New Global Synthesis). El represamiento artificial del agua se basa en la inundación de amplias zonas de tierra que provoca la descomposición de toda la materia orgánica que allí se encuentra, junto con la que continúa llegando de las fuentes hídricas que la surten. Cuando la materia orgánica se procesa genera CO2, óxido nitroso (hasta 298 más potente que el CO2) y, por supuesto, grandes cantidades metano. Lo anterior lleva a concluir que la supuesta energía limpia proveniente de los represamientos de agua no lo es tanto. Para producirla se afectan considerables extensiones de tierra, se intervienen ecosistemas enteros donde el agua deja de fluir naturalmente y, de todas maneras, contribuye al calentamiento global. Este tema será tratado más profundamente en otra entrada del blog ECOpresor.


Si estamos tan conscientes de lo que ocurre por nuestras acciones, ¿por qué la transición hacia energías limpias, renovables y no contaminantes es tan lenta?


 

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