Consumo de animales silvestres: combustible para traficantes ilegales


El tráfico ilegal de fauna silvestre es una relación traficante-consumidor, igual que el narcotráfico, pero con animales. Esta relación, de un poder ECOpresor infame, convierte en cómplices y en victimarios directos a quienes compran animales salvajes de los criminales que los desarraigan de sus hábitats naturales.

Los consumidores, al convertirse en patrocinadores y financiadores de traficantes, no les hacen un favor a las criaturas inocentes que tratan como mascotas. Por el contrario, les desgracian la vida. El tráfico ilegal también se extiende a productos derivados de los animales que son objeto de cacería y se comercializan bajo supuestas propiedades alimenticias especiales, medicinales o afrodisiacas.

La dolorosa extracción de los animales


Captura y cacería. Trampas y muerte. Sangre y dolor. Todo esto desde la perspectiva de cada animal que con su sacrificio satisface la codicia humada. Tigrillos, tortugas, pericos, tucanes, peces, monos, anacondas, perezosos, guacamayas, pumas, jaguares, crías de todos ellos y una infinidad más de criaturas que ignoran qué les sucede. Cualquier cosa (animal) a la que se le pueda poner precio se convierte en objetivo del tráfico animal, de esa cadena de dos puntas que inicia con el animal atrapado o muerto y termina, él o sus subproductos, en los hogares de los compradores. Éstos, recompensan a los traficantes, motivándolos a saquear el entorno natural de cuanto animal exótico puedan atrapar. De esta manera, entregando dinero a criminales, se fomenta uno de los peores negocios creados por el ser humano.

El tráfico de animales salvajes es cruel de principio a fin. El estrés del encierro inicial, del cambio repentino al pasar de la libertad a los barrotes, del trasporte en contenedores estrechos, del traslado por distintas vías hasta los puntos de entrega y del arribo a sus nuevos “hogares” (prisiones) es, no quepa la menor duda, una experiencia aterradora. En muchísimas ocasiones los animales sufren maltratos, fracturas, mutilaciones y la no menos frecuente muerte, porque son desechados. Aquellos animales que sobreviven, algunos en mejores condiciones que otros, deben adaptarse a ser las sobras de lo hubiesen sido si disfrutaran de la libertad. No importa lo bien alimentados y cuidados estén, es atroz. No hay excusa. No hay justificación, pues la persona que adquiere un animal salvaje de forma ilegal comienza a reunir las condiciones del perpetrador, se convierte en el carcelero de su nueva “mascota” y contribuye al desequilibrio de los ecosistemas. Al animal se le priva de desenvolverse según sus comportamientos naturales. Si bien su apariencia puede parecer la misma, lo cierto es que sufre una horrenda transformación interior.

Entre tanto, quienes reciben de los consumidores de fauna silvestre el dinero del crimen perpetrado, tienen el combustible ideal para continuar el saqueo a la madre naturaleza. Achican sus fronteras, reducen sus espacios, acaban con la flora y fauna y luego nos preguntamos cómo es que estamos llevando a la extinción a tantas especies, sin reparar en que muchas veces, con la compra de una tortuguita, estamos propiciando la devastación.

En libertad es mejor.


¿Quién puede siquiera imaginar que un jaguar puede estar mejor enjaulado que en libertad? ¿O que una guacamaya nacida para volar en libertad encuentre límites a su desplazamiento por las mayas metálicas que la confinan a espacios muertos? ¿O que un mono atado mediante una cadena a un árbol tiene una vida placentera? Sólo seres egoístas pueden pensarlo y hacerlo.

Los Cóndores nacieron para surcar las alturas y cubrir extensas distancias con cada vuelo. El ocelote vive de la carne que obtiene con su destreza natural para la caza. Los loritos son diestros en encontrar alimento en sus territorios y resulta humillante, como lo es ver al reto de los animales cautivos, que su subsistencia dependa de los que sus “dueños” quieran proporcionarles. Nacieron para ser libres. No son mascotas.

Si una persona de verdad ama tato a los animales, debe saber que cualquier colección de fauna salvaje, por pequeña o grande que sea, es una afrenta contra la naturaleza. Si de verdad los ama, es mucho mejor verlos en libertad.

¿Qué hacer?


El tráfico ilegal de animales debe parar. Muchas cosas se pueden hacer:

  • Lo más obvio: no comprar animales silvestres.
  • No recibir animales salvajes como obsequios.
  • No regalar animales salvajes a familiares o amigos, pues así se fomenta la cultura de que tener un ser cautivo en permisible. Los niños que crecen en hogares que mantienen animales cautivos reciben un pésimo mensaje y creen que está bien mantenerlos así.
  • En una visita a un entorno natural, dejar a los animales tranquilos sin llevárselos del lugar.
  • No espere a que sea demasiado tarde para recapacitar. Si posee un animal que pertenece a un entorno salvaje, natural, déjelo en libertad, reintégrelo. Si es necesario, busque apoyo de organizaciones o autoridades para que lo orienten sobre la mejor manera de retornarlo.
  • Denunciar el tráfico ilegal y los malos tratos es otra manera de contribuir. En muchas ocasiones el crimen ocurre frente a nuestras narices y se fortalece por nuestra indiferencia y falta de acción.
  • Visitar sitios que procuran el bienestar animal: IFAW, adda, Observatorio Justicia y Defensa Animal, GREENPEACE, EDGE, WWF.

Consejo: No participe en el tráfico ilegal de especies. No sea parte de la cadena de la muerte. Es un acto criminal.

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2 thoughts on “Consumo de animales silvestres: combustible para traficantes ilegales

  1. Terrible e inhumana práctica, que parte del supuesto errado de que los animales son cosas que no poseen derechos y que pueden ser comercializados. Parte del absurdo antropocentrismo que predica que solo el hombre es digno de respeto y que todo debe girar en su entorno.

    Saludos

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